jueves, mayo 30

Esto es lo que nos jugamos en las elecciones de Polonia

Hasta las 21:00 horas, momento en que cerrarán los colegios electorales polacos, está prohibido publicar encuestas, sondear a los candidatos o hacer declaraciones públicas sobre políticas. La violación del «silencio electoral» está castigada con multas de hasta un millón de zlotys. Pero en el resto de Europa el discurso público se ocupa intensamente de estas elecciones, en las que los polacos eligen 460 parlamentarios del Sejm y 100 senadores y en las que deciden cuán será a partir de ahora su relación con nosotros, el resto de los europeos.

En coincidencia con las elecciones parlamentarias se celebra un referéndum en el que una de las preguntas formuladas se refiere a si el electorado quiere o no permitir que se imponga el paquete migratorio de la «burocracia de la UE» en Polonia, o lo que es lo mismo: aceptar las cuotas de reparto de refugiados.

Después de una amarga campaña electoral, en la que el partido gobernante Ley y Justicia (PiS) se ha centrado en el rechazo a los inmigrantes y el rechazo a la UE, las alternativas que ofrece el resultado electoral son dos muy diferentes: un gobierno nacionalista que no desea sacar a Polonia de la UE, sino socavar la UE desde dentro, a base de bloqueos con capacidad de causar daños duraderos, o una Polonia liberal de izquierdas y europea, una coalición que mire hacia Occidente. Por eso la prensa internacional no ahorra en superlativos a la hora de hablar de esta votación, considerada por muchos una «votación de destino europeo».

Relación entre Alemania y Polonia

Durante la campaña electoral, se ha visto particularmente afectada la relación entre Alemania y Polonia. A pesar de que las relaciones económicas entre los dos países vecinos son sólidas (Polonia es el quinto socio comercial más importante de Alemania y Alemania el más importante para Polonia), el PiS se ha servido de una retórica antialemana que ha llevado al consejo de ministros en materia de agricultura, inmigración y estrategia militar referida a la reacción a la invasión rusa de Ucrania.

El gobierno polaco ha pedido nuevas indemnizaciones por lo daños causados por la Wehrmacht durante la II Guerra Mundial y el primer ministro, Materusz Morawiecki, ha llegado a atacar al cancidato Donald Tusk de ser un «títere alemán», basándose en que, según su propia versión, su abuelo sirvió a las fuerzas alemanas durante aquel aciago periodo.

Pero la animadversión no se queda en Alemania, sino que se extiende a la UE y su concepto. Morawiecki presentó el pasado mes de marzo un plan para Europa en el que dejaba muy claros sus objetivos: devolver Europa a los Estados-nación; destruir el gérmen de un «superestado centralizado»; ampliar la Unión a los países aspirantes rebajando las exigencias de convergencia; y ceñir las competencias de Bruselas al Tratado de Roma, dejando todo lo demás al principio de subsidiaridad.

Esta posición se ha ido radicalizando, además, debido a la necesidad del PiS de contrarrestar el ascenso en las encuestas de otro partido más a la derecha y más hostil con la UR, la Conferederación, con la que debería llegar a un pacto de coalición para formar gobierno y que sin remedio inclinará la legislatura en contra de la UE. La campaña electoral se ha basado, en esta línea, en la oposición a la UE y a Alemania, a la que el PiS señala como manejadora de los hilos de Bruselas.

El PiS ha llegado a publicar un anuncio de propaganda política en el que un embajador alemán imaginario llama al presidente del PiS, Jaroslaw Kaczyński, para ponerlo en contacto con la canciller alemana porque Olaf Scholz quiere hablar con él sobre el aumento de la edad de jubilación en Polonia. La respuesta de Kaczyński: «Ahora deciden los polacos». Si esta visión triunfa en las elecciones de este domingo, otros países europeos vecinos, cuyos gobiernos buscan también vías de escape a las exigencias europeas en materia de Estado de Derecho, harán presión en la cuña polaca.