lunes, abril 15

Otra vez sopa china (y de la otra) para el sur mundial

Hay al menos dos intuiciones no necesariamente confortables que sobrevuelan la crisis de crecimiento que continúa estrujando al mundo. Una es la posibilidad de que Occidente, Estados Unidos en específico, se haya resignado a que China absorba a Rusia de resultas de la actual guerra. O, en un grado menor, se consolide un bloque férreo asiático en donde debería primar la división estratégica de esos jugadores.

La otra, más grave, que se haga depender el destino del sistema que conocemos en la anulación y no en la interacción con el otro sujeto en competencia.

Ese diseño podría explicar la escalada incesante de medidas proteccionistas de EE.UU. sobre la potencia asiática, aunque la Casa Blanca prefiere llamarlas de otra manera.

En principio ha sido la herramienta arancelaria, luego mas recientemente los frenos al acceso a los más sofisticados semiconductores. Últimamente el recorte de las inversiones tecnológicas y la sugerencia de entidades como Goldman Sachs para un urgente desarme de las posiciones en bancos chinos.

Todo ello se apoya en la bandera de la seguridad nacional, que ha sido el estandarte que promovió la ministra de Economía (secretaria de Tesoro) de la Casa Blanca, Janet Yellen, en su reciente visita al Imperio del Centro. 

La funcionaria ha venido sosteniendo que la intención de su país no es entrometerse en el desempeño comercial de su mayor competidor global, sino en trabar desarrollos que puedan implicar alguna amenaza a esa seguridad.

No es claro que es lo que iría debajo de ese paraguas, pero es evidente que se trata de anular o por lo menos contener la velocidad de desarrollo tecnológico de la República Popular que aspira a situarse como el hegemón global a mitad del siglo que transitamos…o antes.


Xi JInping, el mundo y la nación. Foto Reuters

Lejos de ser un objetivo limitado, las barreras comerciales que construye EE.UU. se proponen en particular paralizar la capacidad de China para desarrollar y competir en aplicaciones comerciales y militares de alta tecnología, que es el eje de esta batalla. Al mismo tiempo, EE.UU. ejerce presión sobre sus aliados en Europa y Asia para que actúen del mismo modo, aunque por ahora resisten las potencias de la UE.

Problemas chinos

China no está bien, al margen incluso de esos significativos acosos. Es víctima como EE.UU. y Europa de una contracción global que tiene múltiples orígenes, desde las consecuencias económicas de la pandemia, la lucha contra la inflación resultante y un ciclo de recesión que se venía insinuando desde antes de estallar la enfermedad.

También influye, aunque en menor medida, la guerra en Ucrania. El régimen comandado por Xi Jinping, quien desde el último congreso del Partido Comunista ha devenido en una suerte de emperador vitalicio, le agregó, a su vez, costos adicionales a esos contratiempos.

Han habido voces dentro de la cúpula del poder de la potencia asiática, el ex premier Li Keqiang entre otros destacados, que alertaron en su momento sobre que la retracción global sugería que China se ampliara hacia Occidente y desechara asociarse con las aventuras guerreras de Vladimir Putin. Observaba que los costos políticos de esa alianza podrían llegar a medirse en facturas comerciales. 

Un factor importante de esa disidencia ha sido el abandono por parte del gobierno de la política de liberación de las fuerzas productivas, el signo de la era que inauguró a fines de los ‘70 Deng Xiao Ping, el timonel del giro desarrollista en la potencia.

El modelo de Xi, que no casualmente gusta aparecer uniformado como Mao Tse Tung, gran enemigo de aquel estadista, impone una intervención estatal multiplicada en las grandes corporaciones lo que complica o anula la inversión, las asociaciones y la proyección de esas empresas.

Xi , asimismo, luchó contra la enfermedad con una vara muy alta de Covid cero que trastornó la capacidad de producción del gigante asiático. El país logró recuperarse cuando esas barreras se aliviaron, pero apenas creció en los meses de abril a junio en comparación con el trimestre anterior.

Foto de archivo en Yongzhoyou, la provincia de Hunan, durante las restricciones por el covid. Foto Reuters
Foto de archivo en Yongzhoyou, la provincia de Hunan, durante las restricciones por el covid. Foto Reuters

Esos tres años de restricciones draconianas no hicieron más que profundizar los problemas de la deuda que se combinaron con una explosiva recesión inmobiliaria. Analistas citados por CNN estiman que esas obligaciones superarían ya los 18 billones de dólares, similar al Producto Bruto Interno total de la potencia incluyendo en la cifra más de la mitad de la llamada “economía oscura” menos regulada que permite el régimen.

Ahora la República Popular acaba de entrar en deflación con una baja del índice de precios al consumidor de -0,3% en julio, la primera contracción desde febrero de 2021. El consumo es un factor clave en el sistema que pretende que ése sea el eje del armado mayoritario del PBI nacional.

Las cifras oficiales de inflación publicadas en estas horas mostraron que, a diferencia de gran parte del resto del mundo, caen los precios generales. No solo el costo de vida.

También desciende el índice de precios al productor, una medida del valor de los bienes en la puerta de la fábrica, que cayó -4,4%. Los analistas temen ahora que el país se encamine a una trampa de liquidez como la que afectó largamente a Japón. En palabras simples consiste en un escenario en el cual los consumidores conservan su efectivo en lugar de gastarlo.

Ausencia de estímulos

La suposición de los sinólogos es que debido a ese endeudamiento, China difícilmente genere estímulos para impulsar la economía como hizo 15 años atrás, durante la gigantesca crisis del 2008, que estalló en EE.UU. y se extendió al planeta.

En aquel momento, el régimen que comandaba Hu Jintao, antecesor de Xi y menos rígido que su sucesor, implementó un paquete fiscal de casi 600 mil millones de dólares que fondeó puentes, autopistas y edificaciones. Un éxito que al fin del dia elevó a más de 9% el crecimiento en el segundo semestre de 2009.

Pero también ahí se encendió la mecha de la bomba actual por un aluvión crediticio que disparó la deuda cerrando el círculo.

La responsable de la economía de Estados Unidos, Janet Yellen, saluda al vicepremier He Lifeng, durante su reciente visita a China. Foto AP
La responsable de la economía de Estados Unidos, Janet Yellen, saluda al vicepremier He Lifeng, durante su reciente visita a China. Foto AP

El cuadro interno se combina con un comercio mundial en retroceso, hasta 2% este año contra el 5,2% de 2022, y un crecimiento global en las mismas cifras depresivas. Antes de la pandemia el ritmo de expansión mundial era de casi 5% promedio. Es por eso que en la superestructura planetaria existe una controversia respecto al sentido de la rivalidad absoluta Este-Oeste que rige la etapa.

Tanto el FMI como el Banco Mundial han redoblado sus demandas para que las dos mayores potencias capitalistas de la era logren algún acuerdo que apalanque la economía global. Yellen ha reconocido que constituiría una catástrofe mutua cualquier posibilidad de desacople de la alianza comercial entre los dos países.

Tendría sentido el comentario. El intercambio entre China y EE.UU. ronda los US$700 mil millones anuales y el de la República Popular con la UE superó recientemente los US$ 800 mil millones. El desacople, sin embargo, está sucediendo agravando los síntomas de parate mundial.

La caída del consumo debido a la aspiradora de recursos que constituye el alza de las tasas de interés en las potencias del norte mundial, explica la reducción de las importaciones de EE.UU. y de la propia China.

En el gigante asiático el cuadro se refleja socialmente en una desocupación por encima del 22% de los graduados universitarios, dato que se debe leer como efecto de la ausencia de crecimiento que es lo que explica que esa mano de obra super especializada no pueda ser absorbida.

Dentro de ese sistema con defectos, las exportaciones chinas registraron una caída precipitada el mes último de 14,% interanual, según datos oficiales. Pero no es un hecho excepcional. Las ventas de la República Popular han venido disminuyendo año tras año. También las importaciones que se desplomaron hasta 12,4% en julio último, y 6,8 por ciento en junio.

Se consume menos, se fabrica menos, se vende menos. No son buenas noticias para el sur global, en general ineficientemente gobernado y que salvo excepciones, ha visto evaporar su rendimiento debido a la crisis que trajo la enfermedad y la abrupta huida de fondos por el alza de los tipos de interés.

Esa situación ejerce un proceso de pinzas, señalan los analistas, porque al mismo tiempo que erosiona el crecimiento del espacio en desarrollo o directamente retrasado, amplifica los riesgos financieros que limitan la inversión imprescindible para escapar de ese círculo letal.
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